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Exterminus se encuentra a no más de un brazo de distancia de ti cuando consigues liberarte del abrazo espinoso. Con gracia felina te agachas bajo las manos extendidas de la criatura y llevas tu arma profundamente dentro de su vientre desprotegido. Grita agónicamente y retrocede dando tumbos hasta caerse sobre la mesa adyacente a la silla negra de Cadak. La enorme mole aplasta la mesa hasta hacerla astillas y rompe la esfera de cristal que yace sobre ella. Inmediatamente se escucha una ruidosa explosión y una tremenda ráfaga de aire pútrido te tira al suelo. Un velo de oscuridad engulle el cuerpo de Exterminus y, con asombrosa brusquedad, se produce el silencio. Tanto la criatura como los restos destrozados de la esfera se han desvanecido completamente.
Te incorporas tambaleándote y te giras para enfrentarte al Archidruida. La impresión por lo que acaba de presenciar le ha dejado boquiabierto y pálido. Está mascullando incoherentemente y tiembla de miedo. Tomas tu arma y avanzas hacia él, decidido a librar a Magnamund del malvado druida de una vez por todas, pero la visión de ti acercándote lo espabila de golpe y vuelve a la acción. Él entrelaza sus manos frente a la cara y, en un instante, se encuentra envuelto por un capullo de luz. Golpeas la luz pero tu arma pasa limpiamente a través de ella, sin encontrar resistencia. Entonces la luz se desvanece y te quedas de pie, solo, en el vacío salón del trono del druida.
