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A través de la gran apertura del muro de la cámara hay una galería que deja ver una vasta sala sin ventanas. Te acercas a la barandilla y ves debajo a una veintena de druidas que trabajan en filas de mesas. Sobre algunas descansan ollas de porcelana llenas de líquidos oleosos que hierven bajo una constante lluvia de chispas eléctricas. En otras hay docenas de cajas de cristal de diferentes tamaños. La más pequeña contiene ratas; la mayor caballos. Cientos de tubos y cañerías recorren los muros, alimentando el flujo de fluidos y gases que llega a las mesas de experimentación. Las emanaciones que despide este diabólico laboratorio hacen que te ardan los ojos, pero ignoras esta molestia y sigues observando, deseoso de asimilar cada detalle del maléfico trabajo que se lleva a cabo más abajo. No pasa mucho tiempo antes de que te des cuenta de que en esta sala es donde el letal virus de la plaga, y su vacuna, están siendo elaborados.
Sabes que debes actuar con mucha rapidez pues el Archidruida Cadak aún está vivo y, dondequiera que esté ahora, puedes estar seguro de que está planeando capturarte o matarte; probablemente ambas cosas. Debajo está lo que has venido a destruir. ¿Pero cómo llevarás a cabo tu cometido? Los segundos pasan implacablemente mientras intentas articular un plan. Entonces vas algo que te da una idea. Las tuberías que alimentan los fluidos en los tanques de eliminación están conectados a un gigantesco caldero suspendido del techo por un cabestrante y cadenas. Te fijas en una plaque que está a un lado de la gran cuba y amplías tu visión hasta que puedes leer lo que hay grabado en ella. Con sombría satisfacción lees las palabras: ‘Peligro—Ácido concentrado’.
Aquí está la clave de la destrucción del virus. Si puedes hacer que el caldero se incline lo suficiente descargará su contenido en la sala inferior, anegando las mesas repletas de virus con miles de litros de ácido concentrado.
Animado por tu atrevido plan, buscas una manera de alcanzar el cabestrante que controla el ángulo con el que el caldero cuelga del techo. Está colocado sobre una plataforma en lo alto de una pasarela de hierro, que sólo es accesible mediante una escalerilla. Afortunadamente esa escala está en la parte más lejana de la galería.
Con determinación te apresuras hacia la escalerilla. Te encuentras a veinte pasos cuando de repente el discordante clang de una campana de alarma llena la estancia. Te han visto.

