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Cuando cortas el último de los agitados zarcillos, el rugido es reemplazado por un silencio mortal. Por unos momentos te quedas donde estás, jadeando, con la sangre palpitando en tus oídos. Tu túnica Kai está empapada por el icor de tu enemigo invisible, y su creciente hedor es tal que te resulta difícil respirar. Entonces oyes el sonido de ramas romperse y te echas a un lado, justo cuando el cuerpo de la bestia se desploma contra el suelo.
Con el arma en ristre te aproximas al enorme cuerpo. Parece un oso, pero cubierto por hojas en lugar de pelo, y tiene una bulbosa cabeza con cuatro ojos naranja. Su hinchado cuerpo a rayas negras y amarillas es una masa de muñones cortados, y desde la parte posterior de su cuello sobresale una mata de espinas, como las de un puercoespín, pero éstas exudan un veneno pegajoso y negro.
La visión y el olor de esta criatura antinatural hace que no te entretengas más de lo necesario una vez has satisfecho tu curiosidad. Envainas tu arma enseguida y sigues avanzando hacia el este.
