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El horrible Degradon ruge agónicamente cuando tu golpe mortal sella su destino. Cae hacia delante y tú saltas a un lado justo a tiempo de evitar ser aplastado bajo su repugnante cadáver. Sin aliento y temblando por la fatiga, te apoyas contra el muro e inspeccionas tu alrededor.
Ante ti se extiende una sala cavernosa, iluminada por el resplandor de unos orbes que contienen fuego y cuelgan mediante cadenas del techo. Hay dos filas enfrentadas de estatuas de piedra formando un grotesco corredor que lleva a una entrada en el extremo opuesto. Aunque su forma es humana, expresiones intensas de dolor retuercen y contorsionan sus caras.
Avanzas cautelosamente. Recelas de las estatuas y tu cuerpo está preparado para reaccionar en el caso de que mostraran el menor indicio de movimiento. Afortunadamente tu precaución es innecesaria y puedes llegar a la entrada y abandonar la sala sin mayores incidentes. Un pequeño pasadizo conduce a una intersección donde un corredor lo cruza de izquierda a derecha. La piel te pica como respuesta a la concentración de maldad que detectas en este subterráneo de Mogaruith, y silenciosamente pides a tu creador, el noble Dios Kai, protección y guía antes de continuar.
El instinto te impulsa a girar a la izquierda, y en unos pocos minutos llegas a una cámara donde una inmensa escalera de mármol negro sube varios niveles y se pierde en la penumbra. Enfrente de la gran escalera se alza una puerta enorme, tallada en una lámina maciza de un extraño metal verde, como nunca antes habías visto. Emite una radiación pulsante que inunda la sala, iluminando símbolos tallados en los muros y el suelo. Te concentras en los símbolos y, en un escalofriante momento de comprensión, descifras su significado.
