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‘¿¡Cómo te atreves a retrasarme con triviales formalidades!?’ gritas, y abofeteas al Vazhag con la palma de tu mano. La criatura gruñe y levanta su lanza defensivamente. ‘Retrásame un solo instante más y veré como te hierven vivo en tu propia grasa,’ ruges. ‘¡Déjame pasar!’
Tu audaz amenaza funciona. La confianza del hombre rata se desmorona, y nerviosamente se echa a un lado, bajando su lanza cuando avanzas hacia él. En ese instante, una columna de Vazhag y una carreta cargada de armas convergen bajo el arco de entrada, bloqueándolo completamente. Sobreviene el Caos, pero la confusión te favorece. Rápidamente abandonas a tu acompañante no muerto y te abres camino entre la multitud, y te diriges hacia la fortaleza. Te percatas de que hay muchas pequeñas entradas alrededor de la plaza enlosada. Una en particular parece prometedora: una escalera que desciende hacia un portal que está en la base de la ciudadela.
Te diriges hacia estrada cuando súbitamente ves a tres Druidas Cener. Salen de un callejón y se acercan hacia ti caminando en fila. Para eludirlos te ves obligado a meterte rápidamente en un sombrío portal.
