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Avanzas precavidamente hasta el borde del estanque, tus súper aguzados sentidos te advierten del más ligero signo de peligro. Empleando tu habilidad innata Magnakai de Invisibilidad, te aseguras de ocultar el calor y el olor de tu cuerpo para evitar despertar la indeseada atención de algún habitante de Ruel con el olfato particularmente fino. Te detienes un momento en el borde del estanque donde, usando tus poderes de Adivinación, escrutas la oscuridad que te rodea buscando enemigos escondidos o invisibles. Sintiendo que no hay peligro, continuas bordeando la fétida laguna y sigues la corriente que se dirige fuera del bosque. Eres recibido por una calidez malsana que se alza desde un putrefacto mantillo de raíces y hongos que chapotea repulsivamente bajo tus pies. Ofreces una plegaria silenciosa a Ishir antes de aventurarte más profundamente en este inhóspito paraje.
Durante varios kilómetros avanzas penosamente a través del fango que bordea el arroyo. Este enfermiza pista de de barro forma un estrecho camino bordeado por altos troncos y espinosas zarzas del bosque. Esta maraña de árboles y arbustos es tan densa que sientes que podría ser producto de una maligna jardinería.
Finalmente el riachuelo comienza a ensancharse y el bosque empieza a despejarse. Pronto eres capaz de abandonar el pestilente arroyo y entras en el bosque, donde tras un rato te tropiezas con los vestigios de un sendero. Éste desciende hacia una ciénaga desde la que se levanta un manto de de vapor neblinoso. Te aproximas cautelosamente, pues la niebla se adhiere al cenagal y oculta sus peligros.
Entonces tus sentidos se estremecen: hay maldad alrededor. Inmediatamente echas mano de tu arma y, cuando tu mano se aproxima a ella, sientes como algo serpentino se enrolla alrededor de tu pie izquierdo.
Si posees Intuición, pasa al 19.
Si no tienes esta Disciplina de Gran Maestro, pasa al 273.
