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Empleando tu habilidad del Kai para adoptar las rudas maneras y el dialecto de los Drakkarim, comunicas tu mensaje al centinela y esperas su respuesta. Estás nervioso por si descubre tu disfraz y procuras que tus manos no se aparten demasiado de tus armas, pero el Caballero de la Muerte no sospecha de tu identidad en ningún momento. Con muestras de cansancio, asiente con la cabeza y desciende las escaleras murmurando para sí, dejándote solo en el tejado con el Zlanbeast.
