Los Señores de la Oscuridad

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La rapidez con que despachas a los guardias te hace ganar un tiempo precioso que te permite abandonar el puesto avanzado y desaparecer por entre las rocas y peñascos que bordean la calzada que atraviesa el paso. El espantoso estruendo metálico de la campana de alarma resuena entre las paredes de roca sólida y retumba en tu cabeza. No se desvanece por completo hasta que llevas más de una hora corriendo.

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