349
La rapidez con que despachas a los guardias te hace ganar un tiempo precioso que te permite abandonar el puesto avanzado y desaparecer por entre las rocas y peñascos que bordean la calzada que atraviesa el paso. El espantoso estruendo metálico de la campana de alarma resuena entre las paredes de roca sólida y retumba en tu cabeza. No se desvanece por completo hasta que llevas más de una hora corriendo.
