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Tus dependencias son estrechas y malolientes, encajonadas entre la cocina y el pantoque. A pesar de la falta de espacio y de un olor a pescado muerto que te revuelve el estómago, consigues dormir durante unas horas hasta que te despierta la luz gris de la bruma del alba, que se filtra por el mugriento cristal de la portilla del camarote.
Arriba, en cubierta, el capitán permanece solo en la barandilla del castillo de proa, observando el horizonte vacío con su catalejo. Te acercas a él y aprovechas para entregarle el sobre.
-Es valiente y arriesgada la aventura a la que te has comprometido, compañero -te dice, mientras sus ojos grises devoran las palabras del pergamino, sellado con el sello de la Hermandad de la Estrella de Cristal, que había dentro del sobre-. Sin embargo, vivimos tiempos azarosos. Tan sólo puedo adivinar lo que te espera más allá de tu viaje a Dejkaata, pero de una cosa puedes estar seguro: haré todo lo que esté en mi poder para llevarte sano y salvo.
Inmediatamente da la orden de virar la nave y ponerla rumbo nornoroeste. La tripulación reacciona al cambio súbito de planes con muchas especulaciones, aunque, a pesar de los peligros a los que saben que puede que tengan que enfrentarse, ninguno desafía la decisión de su capitán o disiente de su orden.
