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Durante los siguientes dos días y dos noches, la Intrépida continúa prisionera de una niebla sin viento. Davan y su tripulación trabajan incansablemente para reparar la nave, y en la mañana del tercer día, cuando una suave brisa se levanta con el alba, el palo mayor está arreglado; y las velas, remendadas y listas para impulsar la nave. Con el costado de babor todavía agujereado y con la amenaza constante de las tormentas del mar de Kalte, se ha decidido que lo más seguro es poner rumbo a la costa. Así, si una súbita tempestad os amenazara, o un ventarrón se levantase, la nave podría refugiarse en una de los centenares de ensenadas que recortan la escarpada costa al este de punta Vashna. Sin embargo, navegar a lo largo de este tramo litoral supone arriesgarse a peligros que podrían ser tan comprometidos como cualquier tormenta. Los acorazados de las Tierras Oscuras, inestables en alta mar, prefieren navegar cerca de la costa cuando entran o salen de su base de Argazad, y la orilla y los acantilados están salpicados de atalayas y de campamentos de Giaks.
En las primeras horas de la tarde, la niebla ya se ha disipado y la Intrépida avanza a buen ritmo a través de las frías y centelleantes olas. Seguís navegando milla tras milla hasta que, una hora o dos antes del ocaso, el vigía divisa la línea de la costa.
-¡Tierra a la vista! -grita-. ¡Tierra a proa!
La tripulación se alegra por la noticia, sintiéndose más segura ahora que está cerca de tierra, pero pronto cunde el desaliento cuando el vigía grita de nuevo, esta vez con voz de alarma:
-¡Enemigo a la amura de estribor!
