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Con sólo tres movimientos de tu arma, los corazones de los tres Giaks dejan de latir. Inmediatamente, sin detenerte siquiera un momento para recobrar el aliento, te escapas por el sendero y comienzas la empinada subida hacia la cima del acantilado. Gritos airados y maldiciones resuenan tras de ti y alertan de tu presencia a otra patrulla de Giaks, situada en lo alto de los acantilados. Se dirigen corriendo al lugar donde termina el sendero y esperan allí tu llegada, resueltos a atraparte y matarte a placer. Presientes el peligro y abandonas el sendero al momento. Esperas a que tus perseguidores pasen de largo y vuelves sobre tus pasos hasta la playa. Cuando los Giaks se dan cuenta de que no sigues ascendiendo por el camino, ya es demasiado tarde para que te alcancen; vas por la playa, al norte, a unos dos kilómetros de distancia.
