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Tras haberte asegurado de que no pasas por alto ningún objeto de valor, te encaminas al corazón de Aarnak. Sigues unas laberínticas calles atestadas de basura, de viviendas oxidadas y de cabañas miserables. Hordas de esclavos, con las espaldas dobladas por los muchos años de duros trabajos forzados, se mueven en todas las direcciones. Al doblar una esquina, casi chocas con una procesión de estas tristes criaturas, vigiladas por un pelotón de Giaks.
Su jefe, un achaparrado sargento Giak vestido con una piel de Lobo Fatídico, te da el alto. No es frecuente ver Drakkarim por Aarnak, ya que la constitución humana es muy vulnerable a su atmósfera hostil. Así que verte caminando sin escolta por las calles de la ciudad, vestido con la armadura Drakkarim, despierta sus sospechas. Continúas andando, pero inmediatamente levanta su garra, lo cual es una señal a su pelotón para que se adelante y te rodee. Estás a punto de echar a correr, pero al ver que la mayoría de los soldados Giaks van provistos de arcos, la prudencia te obliga a intentar una táctica diferente. Descaradamente ordenas al sargento que te lleve a ver al Capataz de Esclavos y, para alivio tuyo, te obedece.
El sargento, junto con un puñado de soldados, te conduce hacia el centro de la ciudad, hasta una solitaria torre que se alza en medio de una plaza. Es un edificio extraño, alto y enhiesto, cuya superficie se halla libre del más mínimo signo de deterioro. El sargento habla con un guardia que vigila la entrada abierta de la torre y este se hace a un lado para permitirte entrar en la lóbrega planta baja.
