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La severidad y firmeza con que das la orden parece impresionar al soldado Giak, el cual, agachando la cabeza humildemente, te hace señas para que lo sigas. Os metéis por la trampilla y descendéis por unas escaleras hasta el corazón del edificio. Allí, en innumerables anaqueles, unos sobres otros, se amontonan cables de acero enrollados, vigas, pernos de hierro y miríadas de piezas destinadas a la flota de acorazados anclados en el puerto de Argazad.
Sigues al estevado Giak fuera del edificio y atraviesas un laberinto de calles atestadas de basura, viviendas oxidadas y cabañas miserables, hasta una torre de hierro en el centro de la ciudad. A diferencia de todo lo demás, parece que la corrosiva atmósfera no ha afectado a la torre: su superficie carece de brillo, pero no tiene signos de deterioro. El Giak habla con otro que vigila la entrada abierta de la torre y este se aparta a un lado inmediatamente para permitirte entrar en la lóbrega planta baja.
