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A unos trescientos metros de profundidad, en el corazón del abismo, una alfombra hirviente de formas de pesadilla se arrastra y se desliza en medio de ríos de lava. Estas aparecen ante tus horrorizados ojos como retorciéndose en una agonía eterna, y tus sentidos psíquicos confirman que estás en lo cierto: es su dolor, no sus cuerpos, lo que sustenta este mar rabioso de llamas sobrenaturales.
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Las puertas de la Ciudad Negra se abren y el Lajakeka se introduce en este terrible reino maligno, a lo largo de una inmensa avenida de acero flanqueada por edificios de grandiosidad infernal construidos con fines diabólicos. Puedes ver llamas rojas que brillan en puntiagudas ventanas góticas, e innumerables puertas con barrotes que se asemejan a las mandíbulas abiertas de dragones. Después de un trecho, el vehículo se detiene con estrépito en un lugar donde una gran tolva horada profundamente la tierra. La tripulación se prepara para descargar el mineral directamente en este agujero con forma de embudo mientras tú y los demás pasajeros desembarcáis. Con un frío helador en las venas, examinas la calle, barrida por el fuego, y adviertes que todos los otros pasajeros están echando a correr hacia un túnel.
Si deseas seguirlos y entrar en el túnel, pasa al 80.
Si prefieres evitar el túnel y a los pasajeros, y decides explorar la calle, pasa al 197.

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