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El sargento fija la mirada en las monedas de oro y, sin alzar la cabeza, grita secamente una orden a sus soldados:
-¡Jeg tok! ¡Tok narg gaz dik!
Como una manada de toros furiosos, los Caballeros de la Muerte se apresuran hacia ti y te rodean, con sus lanzas preparadas para atravesarte si muestras cualquier intento de resistirte.
Maldiciendo vilmente, el sargento te arrastra fuera de la silla de montar y te arranca la máscara de batalla que llevas en el rostro. Aparecen más guardias, la mayoría armados con arcos que te apuntan mientras el sargento te despoja de las armas y del equipo. Después, tras atarte las manos, te hacen marchar a su cuartel, donde eres encerrado en una celda vacía de paredes de acero. En la soledad del calabozo, sólo puedes pensar en el destino que te espera.
