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Los vigías sienten una curiosidad natural por el único pasajero de su nave, sobre todo al ver que viniste en compañía del Maestro del Gremio Banedon, el mago más respetado en Sommerlund. Te interrogan con gran interés sobre tu misión a Durenor, pero cuando insistes en que has jurado guardarla en secreto, dejan de hablar del tema, al menos contigo.
Te enteras de que provienen de las islas Kirlundin, un feudo afamado por sus valientes e intrépidos marineros, cuyas naves han protegido las costas de Sommerlund por más de mil años. Te quedas profundamente consternado al saber que, durante tu destierro en el Daziarn, los Señores de la Oscuridad destruyeron la flota de las Kirlundin y arrasaron las fecundas islas.
-Pronto liberaremos nuestras islas de ese perro vil de Gnaag -gruñe un enfadado marinero.
Los otros se hacen eco de ese sentimiento, pero, a pesar de sus bravatas, percibes su temor de que quizá no vivan para ver sus islas libres de nuevo.
Un perturbador silencio os envuelve y decides que sería aconsejable descansar un poco antes de que llegue el alba. Uno de los oficiales de la nave se ofrece a llevarte a tu camarote, y aceptas su ayuda agradecido.
