Prisioneros del Tiempo

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El viento desgarra tus prendas cuando avanzas poco a poco hacia el lejano barranco. Tus pies se hunden profundamente en arenas cálidas y movedizas que transforman el simple acto de andar en un ejercicio duro y doloroso. Al cabo de lo que se te antoja una eternidad llegas finalmente a tu objetivo. Te dejas caer de rodillas y a gatas salvas los últimos metros que median hasta una trinchera pedregosa y poco honda. Jadeante, envuelves tu cabeza en las ropas para no respirar un aire cargado de arena. Lentamente tu pulso se torna regular y recobras las fuerzas. Aguardas a que la tormenta ceda, pero, como en desafío a tus deseos, el viento sopla con mayor fuerza todavía, provocando enormes ciclones que en sus torbellinos absorben innumerables toneladas de arena y guijarros.

El miedo retorna hasta helar tu corazón cuando sobre el barranco se posa la sombra de un rabioso torbellino. Ciego de desesperación, te arrastras hasta una estrecha fisura en el extremo más alejado de la trinchera. Imploras que se trate de la entrada de una cueva. Esta vez tus oraciones son escuchadas. La fisura es el comienzo de un pozo que penetra en la roca volcánica. Mas, cuando te aproximas, tu esperanza de hallar un refugio seguro mengua un tanto ante una terrible visión.

Pasa al 126.

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