71
Exhausto tras el combate, te apartas de tus enemigos muertos y enjugas de tus ojos su sangre negra y viscosa. Has ganado la primera pelea, pero la tuya es una victoria vana porque el lugar bulle de centenares de seres semejantes. Sus ojos salvajes relucen malignamente entre la pálida neblina azulada mientras prosiguen su lento avance hacia ti. Quedarte aquí sería suicida. Son tantos que en un momento o en otro te verías abrumado por la fuerza de su número. De mala gana te ves obligado a regresar al Gran Sepulcro y a los tres monstruos tentaculados que dominan su entrada.
