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De la cerradura brota un sonido quedo y chirriante y luego la enorme puerta se abre silenciosa y fácilmente. Con los nervios a flor de piel penetras en el oscuro interior y avanzas por un pasillo anodino hasta otra puerta grande, pero menos impresionante, que se abre al acercarte. El aire húmedo silba a tu alrededor al penetrar con fuerza en el interior de la cámara que ha estado herméticamente cerrada durante muchas décadas. Unas antorchas se encienden espontáneamente y, por vez primera en su larga historia, son revelados a los ojos de un aoniano los secretos del sancta sanctórum del Gran Sepulcro.
