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-Es la crueldad del Señor del Caos lo que me entristece -cuchichea, como si temiera ser oída-. Hasta que él llegó, la planicie de Guakor se hallaba regida por un gran guerrero llamado Sinay, cuyo único defecto, se decía, era su desmedido orgullo. Me quería y ansiaba la unión de nuestros reinos. Pero ese amor no era recíproco; nunca se unirían Guakor y Vhozada. Para ganar mi cariño y recobrarse de la herida infligida a su orgullo, Sinay hizo un trato con el Señor del Caos, porque, conforme a la naturaleza paradójica de este dios, se halla obligado a hacer realidad los deseos de aquellos que se atreven a solicitarlos de él. El Señor del Caos lanzó un sortilegio para encantarme y concedió a Sinay lo que pedía: me enamoré de él. Pero los tratos con el Señor del Caos responden a su naturaleza, cruel y voluble. Una hora después de nuestra boda se presentó y exigió de Sinay que, en pago de su deseo, le entregase la mitad de su reino. Sinay se negó y como represalia me encerró en esta torre y obró en Sinay tal transformación física que huyó de Guakor y se ocultó avergonzado.
-¿Sabes qué fue de él?
-Sí -replica tristemente-. Gobierna un nuevo reino. Ha recobrado su poder, pero su cuerpo será para siempre un terrible recuerdo del pacto que hizo con el Señor del Caos. Es el que te envió... el Observador de Yanis.
