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Desenvainas tu arma y te dispones a abatir a cualquiera que se ponga a tu alcance. Los carros se detienen entre chirridos y un puñado de guardias Ookors salta de los vehículos. Acuden apresuradamente hacia ti, bien aprestadas sus lanzas de punta cristalina. Su jefe te conmina por gestos a que envaines tu arma o te atengas a las consecuencias. Ignoras sus gestos y te preparas para atacarle. Entonces ves que de la ciudad salen más carros para reforzar a la patrulla. Como es tan adversa la perspectiva, decides de mala gana alzar las manos y permitir que estos seres simiescos te conduzcan fuertemente vigilado hasta su urbe.
