Prisioneros del Tiempo

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Con un fortísimo alarido, los dragones echan a volar a un tiempo. El batir de sus grandes alas resuena con fuerza en tus oídos. Tu estómago se revuelve cuando el jefe tira de las riendas y la bestia que monta se eleva trabajosamente hacia el cielo anaranjado. El suelo se aleja a un ritmo alarmante y al cabo de unos minutos te ves volando a gran altura sobre la planicie, enturbiada tu visión por la fuerza del viento que te azota.

Abajo, la llanura se extiende monótona hasta el ardiente horizonte. Sin sol, luna ni cambio alguno en la tonalidad del cielo te resulta imposible determinar el paso de las horas. En dos ocasiones te duermes, sin saber por cuánto tiempo. Y cada vez que despiertas descubres inmutable la formación en punta de flecha, sin que los propios Yoacors revelen signos de fatiga.

Concluye por fin el desierto uniforme para ser reemplazado por praderas de color violeta, punteadas por fangales y charcas. El aire se torna húmedo y el tenue olor a vegetación podrida te recuerda el período que pasaste en el Danarg. Poco a poco se eleva el suelo y vuelas sobre valles de montaña, prados salpicados de rocas, colinas erosionadas y barrancos desgastados por los elementos. Cuando os acercáis a una angosta grieta entre las cumbres de dos montes, el jefe alza una mano. Ante esa señal los demás forman en fila de a uno. Más allá de esa grieta se extiende un inmenso cráter en cuyo centro se alza una ciudad, la más bella que viste jamás.

Pasa al 50.

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