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Lanzas el Petardo contra el muro de la tumba y estalla en llamas. Sobre los seres del caos cae una lluvia de cascotes y chispas. Ahora chillan, aúllan y se destrozan entre sí en su afán por huir del fuego que los envuelve. El Petardo te ha salvado de su ataque inicial, pero adviertes que sólo has conseguido una victoria momentánea. Todo este paraje rebosa de centenares de seres de su especie y si te quedas aquí serás aniquilado. De mala gana te ves forzado a volver al Gran Sepulcro y a los tres monstruos tentaculados que dominan su entrada.
