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Lorkon y sus soldados meledorianos se muestran jubilosos por haber presenciado la derrota espectacular del Señor del Caos, ya que tu victoria los ha desembarazado de su mayor enemigo. Te gritan que bajes de la terraza y cuando apareces en la puerta te colman de alabanzas.
-Te debemos más que nuestras vidas, aoniano -afirma Lorkon, cuyos extraños ojos azules brillan de admiración-. Tu gran hazaña ha salvado nuestro reino y puesto fin a la peste del caos que habría corrompido a todos. Siempre estaremos en deuda contigo.
Cuando estrecha tu mano repara en el arma con que mataste al Señor del Caos.
-Es un buen presagio para mi clan que el arma que empleaste en la lucha contra el maligno fuese forjada por mis antepasados. Me siento doblemente orgulloso de que te haya servido tan bien. Pero ahora debo devolverla al Gran Sepulcro porque tal es nuestra ley.
Con una cierta desgana, porque jamás empuñaste un arma como ésa, devuelves el Espadón de Corazón de Hierro a su legítimo dueño (borra este Objeto Especial de tu Carta de Acción).
