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Los onipas se deslizan, tensando las patas, por la resbaladiza orilla y el carro se inclina violentamente hacia la izquierda antes de detenerse a escasos centímetros del agua. Asustados, pero por lo demás ilesos, T'uk T'ron y su auriga contemplan con ojos desorbitados la cenagosa corriente, apenas capaces de creer que no han caído al río y que se hallan sanos y salvos.
