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La curiosidad se impone a tu natural cautela y resuelves explorar la fascinante construcción. Descubres que sólo recientemente se ha despejado de maleza el camino hasta la puerta. En ésta, unos agujeros ennegrecidos por el fuego es todo lo que queda de la cerradura de cristal que la protegió durante siglos. Más allá de la puerta forzada desciende suavemente un túnel seco y tenebroso. Describe una curva para llegar a una estancia grande y vacía, flanqueada por diversas aberturas. Un resplandor verdoso y el lejano zumbido de cantos discordantes te atraen a uno de los numerosos portales. Más allá hay una escalera que penetra aún más abajo.
Mientras desciendes ojo avizor, el aire se torna cada vez más frío. La humedad ha tornado resbaladizos los peldaños, por donde se arrastran arañas y otros seres de múltiples patas que se alejan de tus pies. Cuentas sesenta escalones antes de llegar al final de la escalera ante una gran puerta ennegrecida por la humedad y los años. Se halla ligeramente entreabierta y, cuando atisbas por la rendija, se te hiela la sangre en las venas ante lo que ves.
