39
Tomas las riendas y con un movimiento rápido y diestro haces girar a tu corcel sobre sus cuartos traseros. El sargento brama una orden y sus hombres se adelantan, confiando en atravesarte con sus espadas antes de que retornen al suelo las patas delanteras de tu caballo. Pero su acoso es demasiado lento para sorprender a un Maestro del Kai. Tu corcel se afirma en el suelo con sus cuatro cascos y galopa a través del anillo de aceros erizados, embistiendo a dos robustos corceles montañeses cuyos jinetes muerden el polvo.
Los guerrilleros te persiguen en tu galope cuesta abajo por un largo y tortuoso camino. Comienzas a dejarles atrás cuando de repente tu caballo pisa en falso y te lanza por las orejas a la espesura del follaje. La densa maleza aminora el impacto y sales ileso, pero tu montura ha sufrido una seria lesión. Introdujo una de las patas delanteras en un profundo hoyo y se la rompió: el pobre animal no puede seguir adelante. Ya divisas a los guerrilleros al galope y te ves forzado a abandonar a tu lisiada montura y escapar a pie. Los gritos de tus perseguidores resuenan cada vez más cerca, maldices tu mala suerte y corres a buscar la protección del bosque.
