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Cuando te acercas a los guerrilleros alzas tu mano derecha para mostrar tu anillo. Basta para convencerlos de que dices la verdad.
-Muy bien -declara su sargento, un hombre alto de cabellos grisáceos y mandíbula cuadrada-. Te llevaremos hasta donde se halla nuestro jefe. Pero has de consentir en que te vendemos los ojos. Es por tu propio bien tanto como por el nuestro. Los Drakkarim torturan a sus prisioneros; si cayeses en sus manos, no podrías decirles en dónde estamos acampados.
Extrae un paño de la bolsa que cuelga de su silla y lo ata con fuerza en torno de tus ojos. Otro de los hombres toma las riendas de tu caballo y te aleja de la garganta. Al cabo de dos horas en la silla, llegas por fin al lugar de destino y te quitan la venda.
