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Cruzas cuidadosamente el rápido río, saltando de peña en peña. El sol calienta tu cuerpo, pero experimentas un frío inesperado tan pronto como pones el pie en la orilla opuesta. Instintivamente sabes que ésta es la isla de los Espíritus, de la que con tanto pavor habló el Príncipe Graygor.
Un camino empedrado penetra entre los árboles, envueltos por la niebla. Entre las piedras crecen zarzas cuyas espinas se clavan implacablemente en tus botas y polainas. Sin arredrarte prosigues adelante hasta que te ves obligado a detenerte al borde de una estrecha sima que corta el camino. En el fondo distingues una maraña de huesos amarillentos y percibes un olor húmedo e insoportable que brota de pequeñas cuevas abiertas en las desnudas paredes de la sima.
Si quieres intentar cruzar de un salto la sima, pasa al 123.
Si deseas echar un vistazo por los alrededores, pasa al 62.
