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En el momento de su muerte un cono de fuego negro brota del cetro y envuelve el cuerpo de Ziran. Las temblorosas llamas aúllan como una jauría demoníaca al tiempo que crean un pequeño ciclón y ascienden por el cielo. Velozmente recoges al Príncipe herido, te lo echas al hombro y le alejas del tornado, que engulle ya cascotes del templo.
Una vez a distancia segura del templo, dejas cuidadosamente en el suelo al Príncipe y contemplas cómo se extingue el ciclón.
