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-Muy bien -declara el capitán.
Se vuelve hacia la barra y mueve la cabeza. Tus músculos se tensan, dispuesto a tirarte al suelo, pero con gran alivio todo lo que percibes es el ruido de la ballesta que ha dejado el dueño sobre el mostrador.
-Te llevaré hasta Jarel, pero debes acceder a que te vende los ojos. Es una medida de precaución por tu propio bien tanto como por el suyo. Si fueses capturado y torturado por el enemigo, no podrías decir en dónde acampan los guerrilleros.
Hace una señal al dueño, que saca de su bolsillo un pedazo de paño negro con el que te venda los ojos. El capitán te lleva afuera, te ayuda a montar a caballo y los dos partís por un secreto sendero del bosque. Al cabo de dos horas llegáis a vuestro destino y te quita la venda.
