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-¡Impostor! -ruge el capitán al tiempo que pretende estrangularte.
Pero esquivas diestramente su ataque, desviándote hacia un costado, y con el canto de la mano le asestas un golpe en la sien que le deja al instante sin sentido.
-¡Fuego! -truena un pirsiano de cuello de toro.
Te arrojas al suelo. Un ruido ensordecedor resuena por la población cuando los hombres disparan sus pesadas pistolas. Pero las descargas pasan sobre tu cabeza y se hunden en la puerta de la taberna. El estruendo parece despertar a un avispero. Los habitantes se arman y se lanzan a la calle para averiguar la causa de aquel tumulto. La situación se te antoja desesperada, pero adviertes una oportunidad de escapar y la aprovechas. Las pistolas han creado una enorme nube blanca y, al amparo de esta acre humareda, huyes por un callejón junto a la taberna de troncos y te sumes en el espeso follaje que se extiende más allá.
Corres en la oscuridad mientras se extienden por el bosque los ecos de los gritos airados de los aldeanos y maldices tu mala suerte.
