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Suerte tienes de que las saetas que se clavaron en tu espalda no estuviesen provistas de púas ni impregnadas de veneno. Rechinas los dientes, reúnes todas las fuerzas que te restan y penosamente te pones en pie.
A unos cincuenta metros de la primera línea de los aliados distingues a dos soldados lencianos que vienen hacia ti con sus espadas desenvainadas.
-¡El santo y seña! -ordenan-. ¡Danos el santo y seña o morirás!
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