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Haciendo acopio de tus fuerzas y de tus defensas psíquicas, te esfuerzas por rechazar el ataque de Roark. De inmediato el frío que amenazaba congelar tu corazón comienza a menguar y sientes fluir el calor por tu brazo hacia el amuleto de hierro que aprietas en la mano. Al instante Roark chilla de dolor y se desploma; ha caído víctima de su propio ataque. Has invertido la corriente de energía y detenido su corazón.
Empleas esa energía para enfrentarte con Tagazin. Se estremece cuando tus órdenes psíquicas le privan de su fuerza sobrenatural. Su cuerpo palidece hasta tornarse casi transparente y volutas de humo surgen de su piel como si estuviese evaporándose. Retrocede hacia el centro del templo y salta sobre el bloque de mármol. Lanza un aullido estremecedor y de repente la sombría estancia queda inundada por una luz cegadora. Estallan truenos y tiemblan las paredes. Aterrados, los seguidores de Roark huyen por la puerta destrozada y se lanzan escaleras arriba. Del bloque de mármol brotan blancos rayos zigzagueantes que hacen caer pedazos de roca de los muros del templo; la atmósfera se impregna de un hedor que amenaza sofocarte. Empavorecido, remontas los peldaños mientras el derrotado espíritu del Señor de los Demonios da rienda suelta a su despecho en aquella cámara.
