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Pasáis aquella noche en una cabaña de piedras. Es poco mejor que un tabuco, pero al menos os protege de la lluvia, que comenzó a caer poco después del ocaso y que continúa al amanecer cuando reemprendéis el viaje. Pasan monótonas las horas sin hechos dignos de mención hasta que la boscosa orilla cede poco a poco sitio a un páramo llano y embarrado de árboles retorcidos y petrificados. Aquí la corriente es débil y os veis obligados a remar para progresar entre las aguas pardas y sucias. Jarel se sienta a proa, envuelto en su capa de piel de lobo para defenderse de la lluvia fría. Observa fijamente hacia adelante mientras te guía entre los estrechos canales que atraviesan la maloliente ciénaga. En dos ocasiones descubrís que no tiene salida el canal que seguís y habéis de volver atrás. Pero cuando la luz mengua, distinguís una isla que promete un suelo firme y un lugar en donde pasar la noche.
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