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Al tercer día de vuestro viaje por la desolada ciénaga sopla un viento frío de poniente que os hiela los huesos. A lo largo del canal por el que remáis se alzan matorrales de follaje gris y retorcido que desprenden nauseabundas nubes de gas cuando las ondas que levanta la proa lamen sus podridas raíces. Al fin dejáis atrás esas matas venenosas y llegáis a un ancho cauce en donde la corriente avanza en sentido contrario al vuestro.
-Debemos de estar ya cerca del estuario del Torg -dice Jarel.
Ahora tiene que esforzarse con los remos para seguir adelante. Prosigue unos minutos más y entonces, justo cuando estás a punto de relevarle, aparece a la vista la desembocadura del río Torg.
