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Acabas de desenvainar tu arma cuando percibes un tremendo estrépito. La serpiente se alza en el aire. Su cuerpo, tan grueso como el tronco de un árbol, es impulsado por unas poderosas alas emplumadas. Agita dos patas delanteras que acaban en afiladísimas garras como las de un buitre y se lanza directamente hacia tu pecho.
