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Tornas a apuntar con cuidado mientras la serpiente vuela al ataque. En el último momento posible lanzas tu saeta, que se clava profundamente en la cabeza en forma de pera de este terrible animal. Lanza un espantoso aullido y se retuerce en el aire, agita desesperada sus alas y acaba estrellándose en el suelo entre salpicaduras de sangre y plumas destrozadas.
