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El hombre sonríe afectadamente mientras narras todo lo que a ti se refiere, tu búsqueda de la Piedra de la Ciencia y tus tribulaciones en el Senado. Cuando por fin llegas al desenlace de tu relato, lanza una larga carcajada sardónica.
-Yo, Maghana, presidente de la Cofradía de los ladrones, en todos los años que he vivido bajo la fortaleza de terciopelo, envié a muchos hombres al Caldero de Tahou a la búsqueda de antiguos tesoros, aunque pocos fueron por su voluntad y menos aún regresaron con vida. Aprende esto, Sommerlundés: el Caldero es sólo uno de los medios para penetrar en el pozo principal hasta Zaaryx. Hay otros caminos, otros pozos y los conozco todos. Te mostraré uno de tales pozos pero has de darme algo a cambio. ¿Conforme?
Cautelosamente, inquieres acerca de sus condiciones.
-Mi hijo, Aiebek, entró en el pozo hace tres lunas, atraído por los relatos sobre el oro del dragón. No ha regresado. Todo lo que te pido es que, si encuentras su cuerpo, me traigas el anillo que luce en su mano derecha.
Aceptas sin titubear esta condición porque te parece muy razonable. Te sonríe pero esta vez sus ojos relucen con una extraña intensidad, como si fuese un hombre al borde de la locura.
-No me engañes -dice quedamente, alzando su resplandeciente gema mental-. Yo sabré si me mientes.
