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El gran patio enlosado a la entrada del Anarium está ocupado por centenares de personas. Funcionarios del Senado, soldados y ciudadanos llenan la escalinata que da acceso al gran vestíbulo y a las salas exteriores del edificio. Adviertes que una entrada lateral es empleada exclusivamente por batidores del ejército que llegan con despachos y que parten con órdenes para los vigías ocultos en las colinas circundantes. Decides correr el riesgo e indicas al conductor que te deje junto a esa entrada lateral. Tu audacia tiene éxito: al ver el pergamino presidencial, los guardianes no sólo te permiten entrar en el Anarium sino que te escoltan hasta la Galería de los Solicitantes, dentro de la propia Cámara.
Desde tu asiento en la galería contemplas la sala ovalada, guarnecida por doce arcos bajo los que se hallan los senadores de Anari que ocupan escaños de roble barnizado, semejantes a tronos. El Presidente Toltuda se sienta en el centro de la sala. Está desarrollándose un acalorado debate. Tras haber escuchado todos los pareceres, convoca una votación y la cuestión se decide a mano alzada.
-Abordaremos ahora un asunto verdaderamente extraordinario, que ha sido suscitado por uno de nuestros más eminentes ciudadanos -declara el Presidente Toltuda al presentar tu solicitud al Senado.
Se vuelve hacia la galería y proclama:
-Lobo Solitario, Señor Sommerlundés, te rogamos que te presentes a la asamblea.
Te pones en pie y te inclinas ante los senadores.
-Decláranos tu petición, Lobo Solitario -ordena el Presidente.
El silencio se cierne sobre la sala cuando explicas el propósito de tu viaje a Tahou. Cuando concluyes, el Presidente cede el uso de la palabra a los senadores.
-Afirmo que deberíamos ayudar al Señor Sommerlundés -dice con voz chillona el senador Zilaris-. Si encuentra la Piedra de la Ciencia, su poder dará quizás un giro a la situación y nos salvará de las garras de Gnaag, Señor de la Oscuridad.
Un murmullo de aprobación recorre la sala.
-Pues yo declaro que deberíamos negarnos a abrir el Caldero -truena la voz potente del senador Chil-. Considero que si no fuese por su presencia en nuestra ciudad, no nos prestarían atención los Señores de la Oscuridad. Él es objeto de su furia y de su rencor. ¡Afirmo que debemos entregarle y que, procediendo así, salvaremos a nuestra ciudad, a nuestro país, a nuestro pueblo y sobreviviremos nosotros mismos!
Sus partidarios prorrumpen en manifestaciones de apoyo y se te pone la carne de gallina al pensar en lo que podría sucederte. El Presidente Toltuda convoca una votación para decidir si el Senado debe permitirte entrar en el Caldero o si ha de emplearte como medio de llegar a una paz con los Señores de la Oscuridad.
Aguardas en tensión el resultado. Se alzan y se cuentan las manos: hay empate. Seis votos a tu favor y seis votos en contra. La decisión corresponde ahora al propio Presidente que debe resolver el empate.
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