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Empuñas la dorada hoja con el tiempo justo para desviar el rayo energético que vuelve por donde llegó. Estalla entre los reptiloides, acaba con ellos y con su arma y dispersa sus abrasados restos por todo el corredor.
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Febrilmente pugnas por liberar tu pie atrapado, cortando las púas con la hoja solar. Lo consigues al fin y bajas cojeando por la escalera tan velozmente como te lo permiten tus heridas.

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