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El sargento ordena a sus hombres que te rodeen y desarmen. Sogh cae inmediatamente de rodillas e implora piedad; te culpa de todo, afirmando que tú le soltaste y le obligaste a acompañarte contra su voluntad.
-¡Silencio, sabandija! Ya tendrás oportunidad de contar ese cuento al juez principal. Tal vez te crea... -masculla el sargento antes de dirigir una mirada enfurecida al soldado muerto- o tal vez no.
Te devuelven a tu celda y colocan ante la puerta a cuatro fornidos guardias armados con orden de matarte si intentas fugarte de nuevo.
