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Te lanzas al suelo y la red pasa sobre tu cabeza sin atraparte. Antes de que el guardia pueda reaccionar, estás en pie de nuevo y te precipitas por las escaleras.
Tres soldados te aguardan al pie de los peldaños. Con manos sudorosas empuñan garrotes y tienen el propósito de dejarte sin sentido.
-¡A él! -gritan y corren hacia ti con torpes zancadas que no pueden compararse con tus saltos gatunos. Antes de que te asesten un solo golpe, te lanzas sobre ellos, acometiéndoles a derecha e izquierda con una rapidez tal que sus ojos no son capaces de seguir tus movimientos. Chillan y se llevan las manos a sus heridas mientras escapas ileso.
