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La sigues por corredores y túneles en cuesta, desciendes largos tramos de escalera y cruzas espléndidos salones que nunca vieron antes ojos humanos. La extraña magnificencia de esta antigua ciudad provoca tu asombro ante la raza que antaño moró en estas mansiones. Vas tras ella durante horas interminables hasta llegar a una cámara circular de piedra de color de herrumbre. El suelo desciende en una serie de anchas gradas que envuelven la estancia en cuyo centro hay un pozo de escasa profundidad enmarcando una pétrea plataforma.
Al acercarte, la plataforma brilla con una luz carmesí que late como un corazón vivo. Oleadas de un resplandor plateado barren las gradas y un coro de voces, suaves como cantos de sirena, resuena hasta el techo de la estancia. Guiándote por tu instinto te alzas hasta la plataforma, tiendes unidas las manos ante ti y vuelves la cabeza hacia las alturas. Una luz dorada brota de la oscuridad empapándote con su brillo y penetrando tus sentidos de una espléndida tibieza. Un jadeo de asombro surge de la plataforma, ahora repleta de reptiloides. Son los Crocaryx, los guardianes de esta ciudad, los servidores de la Piedra de la Ciencia que fueron asignados aquí por el gran dios Kai. Con júbilo y pesar se han congregado para atestiguar el cumplimiento de su misión, porque tu llegada señala el final de su servicio y el comienzo de su desaparición.
Muy por encima de ti, una sombra cobra forma en el centro de la luz dorada. Es oscura y correosa y su silueta ovalada. Lentamente se quiebra y al abrirse revela una centelleante esfera de cristal: es la Piedra de la Ciencia de Tahou, el objeto de tu búsqueda.

