El Caldero del Miedo

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Con un puño huesudo golpea enérgicamente la puerta de la choza. Desde el interior una voz ronca te invita a entrar. La vieja te tira con impaciencia de la manga, apremiándote a que entres en la hedionda cabaña. Sentado en una raída estera y rodeado por montones de lo que parecen ser huesos de pollo, encuentras a un anciano flaco, revestido por completo de plumas. Tiene una nariz larga y puntiaguda y una barba gris e irregular que comienza justamente por debajo de sus ojos relucientes y cargados de sangre. La vieja se arrodilla y le murmura al oído; después se inclina y abandona la choza. Cuando la puerta se cierra, el chamán toma un puñado de huesos, vela sus ojos y con un sonido como el de una bandada de gaviotas espantadas, los lanza al aire. Al cabo de un minuto de cánticos y manoteos, el anciano abre los ojos y observa los huesos dispersos sobre el suelo de tierra apisonada.

-Tienes muchos enemigos, hombre del norte -declara mientras sus dedos ganchudos trazan figuras en torno de los huesos-. Poderosos enemigos. Traman impedir que sigas por el camino emprendido porque ese camino conduce a su destrucción. Aquí hay uno que te dirá que es amigo tuyo. No confíes en él. Hay traición en su corazón.

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El anciano cierra los ojos e inclina la cabeza como sumido de repente en un profundo trance. Tratas de despertarle pero no responde y acabas por decidir marcharte. Este encuentro te ha inquietado pero cuando te reúnes con Banedon lo tomas a broma y decides proseguir sin demora.

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