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La puerta de hierro de la torre no está cerrada y penetras sin dificultad. En lo alto de los peldaños de piedra encuentras una escalerita que conduce a una trampilla. La franqueas velozmente y te ves en la terraza.
-¡Por los dioses! -exclama Banedon-. Mis oraciones fueron escuchadas. Estás con vida, Lobo Solitario. ¡Estás con vida!
Lágrimas de júbilo colman sus ojos cuando acoge con alegría tu regreso.
Él y su mentor han seguido durante los últimos tres días desde esta atalaya el desarrollo del asedio. En esta posición controlan el movimiento de las escasas reservas asignadas a las murallas del norte y de poniente, empleándolas para rellenar las brechas en donde los ataques del enemigo han debilitado las defensas. Banedon relata cómo ha progresado el asedio; cómo en dos ocasiones irrumpió en la ciudad el enemigo y fue rechazado por sus resueltos defensores. Los ataques aéreos han incendiado la ciudad pero el adversario ha perdido gran número de sus Kraans voladores y ahora se halla demasiado débil para emplear los pocos que le quedan. El Anarium fue destruido en las primeras horas del asedio y perdieron sus vidas muchos senadores, entre ellos Chil y el Presidente Toltuda.
Luego te pregunta por tu búsqueda y se muestra jubiloso al conocer tu éxito.
-Los dioses te sonríen, Lobo Solitario. Mientras vivas, habrá esperanza para todos nosotros.
