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Miras hacia atrás justo a tiempo de ver cómo el lobo llega al recodo. La vista de sus relucientes colmillos te hace estremecer de espanto, pero con gran sorpresa tuya la bestia no prosigue la caza. Se detiene y, con el terror y la rabia reflejados en su horrible rostro, observa cómo desapareces en el lóbrego corredor.
