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La sangre del lobo muerto, que tiene un intenso olor acre, te mancha de la cabeza a los pies. Con la espada en la mano contemplas el cadáver y te estremeces al pensar lo cerca que has estado de la muerte. La tenue luz se vuelve de pronto resplandeciente y durante unos instantes oyes una risa fría y lejana, antes de que la luz se convierta de nuevo en la habitual penumbra y te rodee un silencio total.
