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Un nuevo ruido viene a añadirse a los terribles chillidos de las ratas hambrientas: el crujir de maderas que se astillan. En menos de un minuto el bote se hunde en el lago sin dejar señal de que alguna vez haya existido. Las afiladas aristas de las rocas te producen cortes en las manos y rodillas, pero no haces caso del dolor y te esfuerzas por llegar a la playa que hay al otro lado. Una vez en ella echas a correr, mas los pies se te hunden en la arena fina y negra y las piernas duelen terriblemente.
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Al volver la vista atrás, adviertes que las ratas avanzan rápidamente y te darán alcance antes de que llegues a la base rocosa de Kazan-Oud. Entonces, de repente, los chillidos cesan y las ratas se detienen en el borde de la playa. Dan dentelladas al aire y sus ojos vigilan todos tus movimientos, pero parece como si hubieran echado raíces en las rocas.
Cuando te das media vuelta para escapar, te preguntas por qué las ratas habrán dejado de perseguirte. A menos de tres metros delante de ti se encuentra la terrorífica respuesta a tu pregunta.

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