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Un tipo raquítico y jorobado, que viste una túnica con capucha, se acerca a la plataforma sobre la que tú estás, maniatado a la pared. Con la destreza que da la práctica te despoja rápidamente de todas tus armas y se las entrega a un enano de feo rostro que le acompaña. El enano dirige a la Espada del Sol una mirada valorativa: después la levanta sobre su cabeza para enseñársela a su señor. Pero antes de que pueda decir nada, un rayo de energía brota súbitamente de la empuñadura. El enano lanza un grito de dolor, dejando caer la espada y agarrándose con la otra mano los dedos quemados, a los que ahora les falta la mitad. No eres capaz de reprimir una sonrisa, pero tu insolencia encuentra un inmediato castigo; el tipo encapuchado te da un puñetazo en el rostro, abriéndote una brecha en la mejilla (pierdes 1 punto de RESISTENCIA).
-Llevadle al laberinto -ordena Lord Zahda- y dejadme a mí la Espada.
La Espada del Sol se alza por el aire y se dirige hacia el trono envuelta en una nube azulada. Mientras eres arrastrado, bien atado con cadenas, fuera de la sala, en tus oídos resuena la risa cruel de Zahda y te invade el temor de que tu misión esté ahora condenada al fracaso.
Tacha en tu Carta de Acción todas las armas y objetos especiales que puedan servir de armas, pero anótalos en una hoja de papel aparte por si los recuperas en un momento posterior de tu aventura.
Luego pasa al 286.
